EL “CIUDAD DE MELILLA”

Corría el año 1953, y junto con 20 compañeros telegrafistas en Santa Cruz de Tenerife nos disponíamos a navegar hasta Cádiz donde tomaríamos el tren a Madrid para concurrir a un examen final en la vieja Escuela de Telecomunicaciones en la calle Peñalver.

El Ciudad de Melilla era un viejo barco que hacia la ruta Península-Guinea Española con escala en las islas Canarias.

Salimos de Santa Cruz con un día esplendido, pero con un impresionante mar de fondo que hacia del barco un mal juguete a merced de las olas. La gran mayoría de mis compañeros, hombres y mujeres, iban sentados en cubierta, muy cerca de la borda, desde casi la salida, por temor al mareo. Media docena de monjas, y por los mismos motivos, se sumaban al grupo que alimentaba al mar con entusiasmo.

Al segundo día de viaje, me di cuenta que únicamente había otro viajero despierto y sin síntomas de mareo: el camarero andaluz de la cantina del barco. Pronto nos acostumbramos, con copas de ginebra por medio, a mantener largas parrafadas, él detrás del mostrador y yo sentado en una banqueta atada con cadenas a la mesa y ésta, a su vez, unida al mostrador.

Así, llegamos a echar partidas de escoba, a veces con largas esperas hasta que el golpe de mar te devolvía a las cercanías del mostrador.

Venia a bordo un sargento de la guardia civil, de servicio en Guinea, que acudía de vacaciones a la Península. Presumía que este era su dieciséis viaje desde Bata. Al parecer nunca se había mareado. Era mi vecino de litera, situado encima de la mía.

A la tercera noche de viaje, ya dormido, me despertó un ruido extraño que procedía de arriba. Desperté y me di cuenta que el sargento volcaba los hígados en el recipiente de que disponíamos para el vómito.

Al levantarnos casi no me habló. En aquella ocasión el Atlántico había sobrepasado su límite de resistencia. Casi se sintió culpable.

Otras Noticias




web development