Hay un tiempo de casi morirse en el mar y otro de disfrutar con el, sin tasa.
Oímos el “islas canarias”, tocado a toda orquesta, procedente del mar. Era la orquesta de Benito Silva, de Cambados, que navegaba enfrentada a la playa del Nicho, en la Isla de Arosa, como homenaje a sus amigos Nitucho y Alfonso.
Desde el cielo se abría una tarde de verano sobre una lámina de mar en calma, el sonido llegaba impecable a todos los testigos de la playa. Y en ella se abría una ancha alfombra de arena para cuando los músicos quisieran desembarcar.
La simbiosis de música, amistad e insólita belleza de la ría agitaba con fuerza los corazones.
